miércoles, 3 de julio de 2013

La insoportable levedad del NO ser.

Quizá algunos de ustedes sepan quién es Milan Kundera; yo en lo particular, no tenía idea de su novela, cuyo título emulo deliberada y desconsideradamente. Pero es una frase que traigo atravesada, probablemente de alguna serie o película que vi en algún momento. Pero poco, o nada tiene que ver con lo que aquí pretende reflejarse.



Cuando yo era niño, había la costumbre (ignoro si lo hacen los niños de ahora) de gritar "¡ya lo besó el diablo!" cuando algo caía al suelo y de inmediato se volvía prácticamente una deshonra levantar lo que se cayó, peor si se trataba de comida. La burla, la vergüenza y la mofa se apoderaban del ambiente cuando alguien dejaba caer algo, casi como tener lepra o una enfermedad sumamente contagiosa. Gritaban (gritábamos) ¡Ya lo besó el diablo!

Y fue apenas hace unos días, que noté que, probablemente, esa expresión haya mutado o evolucionado a otra cosa, pero un poco alejada de esa inocencia y picardía infantil, una cosa que me incomodó, me incomodó al punto que revisé mis actos y me vi retratado, ahí, como un idiota, un idiota más grande que el adolescente al que le escuché la dichosa frase. Me reflejé en la actitud del imberbe que le decía a su papá (intuyo que era su papá, pues era una persona mayor) "¡No! ¡Esos zapatos no los quiero! ¡Ya todo mundo tiene de esos! ¡Que clavo!"

¡Qué clavo! (para hispanohablantes fuera de mi país eso significa ¡Qué vergüenza!) ¡Qué clavo que me asocien con algo que es de total dominio popular! Claro, porque los jeans y la camiseta que traía el señorito, eran totalmente originales, como los otros cientos de miles, fabricados en alguna maquila de algún país miserable en Asia (JAJAJÁ Miserable, dice el tercermundista).

Retrocedí un poco el tiempo para encontrarme en las palabras del adolescente. Pero no retrocedí mucho, porque apenas hace unos años, también fabriqué un parámetro para determinar mis gustos; una regla absurda y retrógrada, de lo más clasista y elitista, que se hace llamar "buen gusto", que se disfraza de elocuencia y seudo-cultura, que traspasa los límites de lo ordinario y popular.

¡Qué clavo! Decía yo también, ¡Qué vergüenza que me miren leyendo libros de aparador de super-mercado, aunque no tenga la sutileza de comprar libros de verdad, ya tengo méritos para decir que paso de la cultura popular, porque soy mejor persona, porque soy diferente a los demás.

¡Qué bochorno! Que me miren frecuentando cafeterías y restaurantes de comida rápida; porque no importa si en secreto soy capaz de humillarme por una porción de comida atiborrada de grasas saturadas; lo que vale es decirle a mis amistades que solo como platillos "gurmé", sushi y comidas exóticas que los demás no conocen, ni sabrían siquiera pronunciar su nombre.

¡Qué pena! Que me sorprendan comulgando con una línea de pensamiento socialmente aceptable; van a pensar que soy un fundamentalista, tradicional, conservador y retrógrada. Lo de hoy es ser posmoderno; inflarme a sutilezas y eufemismos sofisticados, para maquillar un poco mi falta de cultura, después de todo ¿a quién le interesa escuchar ideas simples y básicas? Es que ya todo está dicho, hay que inventar una nueva forma de hablar, hay que retar y ridiculizar al común, al genérico, al hombre simple y de bajo perfil.

¡Qué vergüenza! Que me descubran teniendo problemas de gente común, como deudas, enfermedades o escasez. Lo mío es hablar de conflictos de identidad, de metáforas de lo contradictorio y la insoportable levedad del no ser. Qué pereza sufrir como sufre la gente común, yo tengo problemas reales y una vida más profunda, más elocuente.

A eso reduje (redujimos) la existencia, los valores de la modernidad, las ideas contra-corriente; a dejar de hacer. Abstraerse de lo común es el deporte de los intelectualoides, comidilla de los posmodernos de cafetería esotérica. Yo no hago, no hice y no haré; porque prefiero mil veces ser nada, a ser asociado con lo que ya se dijo, con lo que ya se hizo. Porque la genialidad de ésta generación es dejar de hacer lo que hace la mayoría, porque eso los hace especiales.

A veces me siento indigno de soportar el peso de tanta genialidad en mi cabeza ¿cómo es que no hemos montado una religión de los "no soy"? Me frustro pensando que quizá la felicidad está en todas esas cosas que no he dejado de hacer, porque son muy comunes, quizá escarbando el ápice de cultura que tengo, encontraría cosas más hermosas y dignas, que una simple plática de nada especial, de lo trivial, con una persona cualquiera, en un lugar común.

Ahora sí que me apena, haber malgastado unos buenos años de mi vida, dejando de hacer lo que a mi parecer era algo bajo, por ser muy común, muy sonado, porque ¡lo besó el diablo! Porque probablemente, casi a mis treinta años de edad, creo que comienzo a madurar, a reflejarme en lo absurdo de las palabras de un niño al que recién le comienza a crecer el vello púbico. Quizá a mí comienza a crecerme el vello del sentido común, de la insoportable levedad del NO ser.

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