viernes, 5 de julio de 2013

Me informan que soy un idiota

Una de las primeras veces que me llevaron a un parque de diversiones, para mí fue todo un acontecimiento. Recuerdo que aprovechaba cada rincón para conocer nuevas atracciones y juegos mecánicos. Exploré hasta el último centímetro del lugar, entre maravillosas formas de colores y aromas de comida, jamás me abandonó la capacidad de asombro, esa que tienen los niños y que hace que se maravillen de las cosas más triviales y cotidianas.

Ahora, me siguen pareciendo atractivos los parques de diversiones, pero debo admitir que mi capacidad de asombro, de vez en cuando, se ve ultrajada por el estrés y lo mucho que me abruma encontrarme entre multitudes de gente igual de estresada. Niños corriendo de un lado hacia otro, largas colas para las atracciones y juegos, bebés llorando y madres regañando a sus hijos y esposos. En fin, la experiencia se hizo más o menos predecible, aunque nunca me niego a participar de alguna escapada de fin de semana. A mi cuerpo le gusta sentir que está en un lugar que no le es familiar y se congratula con ello.

Pero siempre me he preguntado ¿qué pasó con esa capacidad de asombro infantil? ¿Será que la ingenuidad y la falta de malicia de mi niñez se fue acabando junto con mi capacidad de admirarme de las cosas? Descubrí tristemente (tristemente por la forma, no por la idea) que no fue así; y seguro es algo que nos pasa, que nos negamos a reconocer, que nos cuesta creer y que nos rehusamos a aceptar. Que estamos dementes a lo mejor, que quizá nos abandonó la cordura y se nos fue de las manos el sentido común.

Y es que es difícil vivir en un país como el mío y perder la capacidad de asombro; somos más exóticos y complicados de lo que se puede imaginar. Y todo esto viene por el evento ése desafortunado que me ocurrió, y que le viene ocurriendo a miles de conciudadanos míos, que le está ocurriendo en éste instante a algún familiar, un amigo, un conocido. El robo de un simple y muy material teléfono celular. Hasta hoy en día, sigo indignado por el asunto (que ocurrió ya hace meses), y no dejo de pensar en ése playlist, que me costó un tiempo crear, y que hoy sin duda, ha sido reemplazado por una lista de canciones de bachata. ¡Ay! ¡Cuánto dolor!

Se preguntarán de cómo me puede asombrar algo tan "cotidiano y normal", como el robo de un simple teléfono celular ¡Ah! ¡Es que hay cosas peores en la vida, hombre! Y encima, según me informan, fue culpa mía que se lo robaran, porque lo llevaba en la bolsa de la camisa y me quedé dormido en el autobús. "Se la pusiste muy fácil", me increpan. Y mientras más comparto la anécdota, más me reprenden, como reprenden al chico que llega llorando a casa porque le robaron su dinero de la merienda "¡Seguro lo tenías en un lugar expuesto! ¡Qué tonto! ¡Ya te dijimos que se guardés el dinero en el zapato, en un calcetín, incluso en los calzoncillos! 

Me informan que soy un idiota, por confiar en la honradez de mis semejantes, por quedarme dormido en medio de un montón de gente sin escrúpulos. Es que estamos todos condenados a la malicia, ya estamos podridos y no queda más camino que desconfiar del vecino, del compañero de trabajo, de la anciana del autobús, del señor de la basura. Soy un incauto, que piensa que la confianza está firmada en una especie de contrato hacia mis semejantes.

Normalizamos el vandalismo, la violencia, el odio y la traición. Es que es de idiotas salir a la calle a "presumir" el fruto de nuestro trabajo honrado; como la chica que gusta de usar prendas ajustadas y maquillajes opulentos; ¡Qué tonta! exponerse de esa forma a los deseos carnales de un montón de malnacidos; pero la culpa es de ella si la violan, por provocar. La culpa es del asalariado, que recibe su cheque a cada mes y no hace otra cosa que ir al banco a cambiarlo, cuando todos saben que lo normal sería tener una caja fuerte en algún lugar que nadie conoce y al que sólo él podría tener acceso y esconder el dinero ahí, por la eternidad. Muy de idiotas eso de andar con dinero efectivo en la calle.

Es de tontos eso de querer salir a la calle, con los amigos, a tomar algo a altas horas de la noche ¿no saben que después de cierta hora la calle le pertenece al miedo y el odio? Pero ustedes tienen la culpa si les pasa algo, no se quejen. Muy de bobos eso de querer salir a pasear con la familia sin un vehículo con las ventanas polarizadas, luego no digan nada si los asaltan. Porque está bien y normal que el político robe, pero que robe poquito. Y así, podría seguir, es demasiado larga la lista, muy larga para que un idiota como yo esté al tanto de lo que se debe o no hacer, porque ya no sé qué es normal, ya no sé qué está bien y qué está mal.

Yo intentaré sobrevivir en éste mundo, a lo idiota; ignoro si cederle el espacio al miedo me hará una persona más feliz, más confiada, más audaz. Intentaré caminar con tranquilidad, de confiar en el humano, que por supuesto que puede equivocarse, pero no pretendo ser parte de eso que a fuerza de sangre y odio se ha convertido en normal. Porque para mí jamás será normal mirar con desconfianza a todo mundo, porque aún hay algo en el estómago que se me revuelve cuando observo el salvajismo, la violencia y la injusticia. Porque aún tengo capacidad de reconocer a una víctima como tal y no como un pobre ingenuo, que no supo cuidarse, que "se la puso fácil" al delincuente, que no hizo más que ser una persona con escrúpulos... un idiota más.

miércoles, 3 de julio de 2013

La insoportable levedad del NO ser.

Quizá algunos de ustedes sepan quién es Milan Kundera; yo en lo particular, no tenía idea de su novela, cuyo título emulo deliberada y desconsideradamente. Pero es una frase que traigo atravesada, probablemente de alguna serie o película que vi en algún momento. Pero poco, o nada tiene que ver con lo que aquí pretende reflejarse.



Cuando yo era niño, había la costumbre (ignoro si lo hacen los niños de ahora) de gritar "¡ya lo besó el diablo!" cuando algo caía al suelo y de inmediato se volvía prácticamente una deshonra levantar lo que se cayó, peor si se trataba de comida. La burla, la vergüenza y la mofa se apoderaban del ambiente cuando alguien dejaba caer algo, casi como tener lepra o una enfermedad sumamente contagiosa. Gritaban (gritábamos) ¡Ya lo besó el diablo!

Y fue apenas hace unos días, que noté que, probablemente, esa expresión haya mutado o evolucionado a otra cosa, pero un poco alejada de esa inocencia y picardía infantil, una cosa que me incomodó, me incomodó al punto que revisé mis actos y me vi retratado, ahí, como un idiota, un idiota más grande que el adolescente al que le escuché la dichosa frase. Me reflejé en la actitud del imberbe que le decía a su papá (intuyo que era su papá, pues era una persona mayor) "¡No! ¡Esos zapatos no los quiero! ¡Ya todo mundo tiene de esos! ¡Que clavo!"

¡Qué clavo! (para hispanohablantes fuera de mi país eso significa ¡Qué vergüenza!) ¡Qué clavo que me asocien con algo que es de total dominio popular! Claro, porque los jeans y la camiseta que traía el señorito, eran totalmente originales, como los otros cientos de miles, fabricados en alguna maquila de algún país miserable en Asia (JAJAJÁ Miserable, dice el tercermundista).

Retrocedí un poco el tiempo para encontrarme en las palabras del adolescente. Pero no retrocedí mucho, porque apenas hace unos años, también fabriqué un parámetro para determinar mis gustos; una regla absurda y retrógrada, de lo más clasista y elitista, que se hace llamar "buen gusto", que se disfraza de elocuencia y seudo-cultura, que traspasa los límites de lo ordinario y popular.

¡Qué clavo! Decía yo también, ¡Qué vergüenza que me miren leyendo libros de aparador de super-mercado, aunque no tenga la sutileza de comprar libros de verdad, ya tengo méritos para decir que paso de la cultura popular, porque soy mejor persona, porque soy diferente a los demás.

¡Qué bochorno! Que me miren frecuentando cafeterías y restaurantes de comida rápida; porque no importa si en secreto soy capaz de humillarme por una porción de comida atiborrada de grasas saturadas; lo que vale es decirle a mis amistades que solo como platillos "gurmé", sushi y comidas exóticas que los demás no conocen, ni sabrían siquiera pronunciar su nombre.

¡Qué pena! Que me sorprendan comulgando con una línea de pensamiento socialmente aceptable; van a pensar que soy un fundamentalista, tradicional, conservador y retrógrada. Lo de hoy es ser posmoderno; inflarme a sutilezas y eufemismos sofisticados, para maquillar un poco mi falta de cultura, después de todo ¿a quién le interesa escuchar ideas simples y básicas? Es que ya todo está dicho, hay que inventar una nueva forma de hablar, hay que retar y ridiculizar al común, al genérico, al hombre simple y de bajo perfil.

¡Qué vergüenza! Que me descubran teniendo problemas de gente común, como deudas, enfermedades o escasez. Lo mío es hablar de conflictos de identidad, de metáforas de lo contradictorio y la insoportable levedad del no ser. Qué pereza sufrir como sufre la gente común, yo tengo problemas reales y una vida más profunda, más elocuente.

A eso reduje (redujimos) la existencia, los valores de la modernidad, las ideas contra-corriente; a dejar de hacer. Abstraerse de lo común es el deporte de los intelectualoides, comidilla de los posmodernos de cafetería esotérica. Yo no hago, no hice y no haré; porque prefiero mil veces ser nada, a ser asociado con lo que ya se dijo, con lo que ya se hizo. Porque la genialidad de ésta generación es dejar de hacer lo que hace la mayoría, porque eso los hace especiales.

A veces me siento indigno de soportar el peso de tanta genialidad en mi cabeza ¿cómo es que no hemos montado una religión de los "no soy"? Me frustro pensando que quizá la felicidad está en todas esas cosas que no he dejado de hacer, porque son muy comunes, quizá escarbando el ápice de cultura que tengo, encontraría cosas más hermosas y dignas, que una simple plática de nada especial, de lo trivial, con una persona cualquiera, en un lugar común.

Ahora sí que me apena, haber malgastado unos buenos años de mi vida, dejando de hacer lo que a mi parecer era algo bajo, por ser muy común, muy sonado, porque ¡lo besó el diablo! Porque probablemente, casi a mis treinta años de edad, creo que comienzo a madurar, a reflejarme en lo absurdo de las palabras de un niño al que recién le comienza a crecer el vello púbico. Quizá a mí comienza a crecerme el vello del sentido común, de la insoportable levedad del NO ser.