viernes, 28 de junio de 2013

Las ventanillas del bus

Tengo poco tiempo viviendo relativamente cerca de la ciudad, hace no mucho, tenía que viajar de Escuintla hacia la capital todos los días, ida y vuelta; es lo más cerca que he estado de hacer un deporte extremo. Ya es sabida la cantidad de cosas que pasan en los buses extra-urbanos de mi país, es una especie de común denominador: la sobrecarga en los buses, los vendedores, los ladrones, los aromas exóticos, la música sonando a niveles sub-normales de discoteca o cantina de mala muerte.



Pero cuando uno trae mal eso del desvelo, ocasionado por las pocas horas de sueño, la mala alimentación y otros menesteres, eso de querer dormir en un bus es casi imposible, no se pasa de parecer pollo recién nacido que mueve el cuello de un lado hacia otro, en un burdo intento de mantenerse despierto; poco a poco, se aproxima el inevitable encuentro con la cabeza del vecino, en el mejor de los casos, cuando no con el frío e implacable tubo de acero inoxidable golpeando la frente.

Cuando se acumulan ciertas horas viajando en un bus, se suele encontrar comodidad y entretenimiento en lugares inhóspitos, fríos y faltos de gracia, como las ventanillas del bus. Pero aprendí a convertirlas en una vitrina. Nadie pensaría lo poético que se ve caer la lluvia, con la gente corriendo desesperada bajo la lluvia, los carros pasando de manera desenfrenada y salvaje. Y es que lo trivial puede llegar a tener un encanto particular, porque allí estás viendo pasar a la gente, pero pensás que podrías ser vos.

Porque es como sentarse frente al televisor, van transcurriendo cosas ordinarias y otras tan inimaginables; como la vez que vi a un hombre obeso, barbudo, de cierta edad, con un disfraz de princesa de Disney. O el día que también pude observar la furia de las entrañas de la tierra, vomitando fuego del volcán de Pacaya. Benditas ventanillas del bus, dije dentro de mí.

Y es que ya puestos a encontrarle el lado artístico a las ventanillas del bus, las hay de todos colores y formas; porque mucho antes que existiera el Instagram, ya existían las ventanillas del bus, las polarizadas, de color negro, sepia, morado, unas desgastadas, otras marcadas por la grasa de la cabeza de los pasajeros, otras que adornan los paisajes con el calor y la condensación. Se han visto las cosas más bellas y también las más grotescas en esas ventanillas.

Es probable que las largas horas de viaje, el tráfico y las pocas ganas de querer entablar charlas con extraños, me hayan llevado a encontrarle el lado bonito a las ventanillas, o algún dejo de imaginación infantil, la misma que usábamos de niños para encontrarle forma a las nubes. Es probable que cuando tenga un hijo, y éste pida ver televisión le responda: Está bien hijo, vamos a ver algo igual de divertido a la televisión, vamos a tomar un bus y te sentás junto a la ventanilla.